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DIARIO MURAL NOVIEMBRE 2012
 

 

 

EL BURRITO


 La lluvia zapateaba de punta y taco sobre el fuselaje y las alas del Cesnita 140 del Club Universitario de Aviación que, estacionado junto al hangar de la Federación Aérea en Tobalaba, guarecía a dos obstinados pilotos VFR que pretendían volar aquella gris mañana de julio de hace hartos años.


Hacía ya como una hora que ambos, instalados dentro del avión, observaban como llovía y la conversación era la de siempre en estas circunstancias:
"Oye Conejito, te fijái que parece que está aclarando hacia la cordillera." "Tenís razón Carloncho, ya se ve el otro borde la pista y la visibilidad debe ser ahora como de unos diez metros". "Conejo, se me ocurre que en un cuarto de hora más podremos echar a andar."


No bien Carlos terminó la frase, un enceguecedor relámpago trizó el cielo en mil pedazos y acto seguido, como para que no quedase ninguna duda, un ensordecedor trueno que hizo vibrar las puertas del Cesnita, vino a echar por tierra el optimismo de estos criollos ejemplares de ICARO. A la lluvia se agregaba ahora un cantarino granizo.


" Puchas compadre, parece que vamos a tener que cancelar el vuelito y dejar las ganas pa´l próximo sábado porque ahora ni siquiera se ve la hélice del avión en que estamos metidos".


"Así no más va a ser cumpa, vámonos mejor porque esta cosa se puso pelúa".
Mientras salían de su alado refugio y corrían a protegerse bajo la marquesina del hangar, uno de ellos reparó en lo que un día había sido un gallardo Piper PA-12 y que ahora servía de gallinero a las pollitas que el cuidador del Aeródromo criaba con mucho cariño, en el extremo Sur de Tobalaba.


"Oye Carlos, ese avión tiene matrícula del Universitario ¿por qué está tan venido a menos?" "Falta de plata compadre y también falta de interés de los pilotos que ahora andan babeando por el 170 y el 180 y ya no le dan boleto al Burrito". Le habían puesto "Burrito" pues estaba pintado color plomo.


 "No te da cosa verlo abandonado y lleno de gallinas, ¿cómo te sentiríai volándolo en vez del Cessna 140 que parece cabra loca cuando se agarra a los botes; en cambio este se ve más caballero"


"No soñís más Conejo y vámonos  pa' mi casa mejor, mira que me trajeron unas longanizas de Chillán y un pipeño de Cauquenes y capaz que se echen a perder si no les atracamos luego el diente. Este otro fin de semana le hacemos al vuelo". Eran ya las dos de la tarde del día sábado.
 
A eso de las cuatro de la mañana del domingo y todavía en la casa de Carlos, ya no quedaban longanizas. Durante toda la "jornada", el tema había sido el lamentable estado del PA-12 y la inmensa pena que le causaba a uno de ellos, verlo ignominiosamente atado a la tierra. Tan grande era la pena que trataban de ahogarla en pipeño pero no lo lograban pues parecía que la pena sabía nadar.                     

                       
Los compadres parecían semáforos en rojo por el color que ambos lucían en sus   caras  y   ya  al   calor  de  la  cocina  donde  habían  desaparecido las longanizas, se habían juramentado para sacar el "Burrito" en vuelo: "¿Palabra Conejo?", "¡¡Palabra Carloncho!!", "¿Pa' Diciembre lo tenimos volando?", "¡¡Pa' Diciembre Compadre!!"  y el último vaso de pipeño sellaba el formal compromiso.


Una semana después, cuando el Mohicano ya era solo un recuerdo de aquel pipeño Cauquenino, ambos pilotos se encontraban en Tobalaba, convenciendo a Dn. Gregorio para que cambiase las gallinas desde el "Burrito" a un corral que ellos mismos le habían preparado, echando mano de unos alerones rotos, unos pedazos de fuselaje y los restos de un timón de dirección, elementos que abundaban en el basural de Tobalaba.


A regañadientes de Don Goyo, con mucho escándalo de las gallinas y principalmente del gallo, los pilotos procedieron al desalojo, no sin antes echarse al bolsillo unos huevitos que las pollonas habían puesto entre los cojines del avión, tratando de ocultar que ya no eran pollitas vírgenes y que ya cruzaban solas la Avenida Arrieta. Total era el pago del arriendo que por un largo tiempo habían usufructuado las plumíferas dentro del avión.


Tiempo atrás, en un vuelo de práctica, un novel piloto se había "carruseleado" en la pista y como resultado el avión había arrastrado el ala derecha en el suelo, la hélice de madera se había astillado y una de las patas del tren se había torcido hacia fuera, reventando un neumático y cortando los "sándos" de los amortiguadores. El patín de cola había resultado con el paquete de resortes quebrado. El resto de la aeronave no presentaba más daños que la tierra que ya se acumulaba hasta el tren de aterrizaje, el pasto que había empezado a crecer en el piso de madera del avión y los nidos, plumas y "otros recuerdos" que sus antiguas habitantes dejasen durante su estadía.
Espátulas, escobas, mangueras de jardín, escobillas, huaipe y trapos amarillos reemplazaron a las llaves de torque, barrotes, dados, atornilladores y alicates en esta primera etapa de recuperación del "Burrito".
 
Al ver tanto ajetreo, Don Carlos Warsch, un alemanote graaande, Jefe de la Maestranza de la FEDACH en aquellos años y de grato recuerdo entre los viejos que lo conocimos, se acercó a los hacendosos pilotos y en su castellano germanófilo dijo: "¿Qué "diablas" están haciendo ustedes con esta "carretona", no mi digan que quieren hacerlo "folar" de nuevo?” "Así es Don. Carlos", fue la respuesta de los entierrados pilotos, "pero pensamos que vamos a necesitar una manito porque hay mucha pega especializada". "Veremos, veremos" fue la única respuesta de Don Carlos y eso, significaba mucho.


Las puestas de sol de muchos sábados y domingos completos más algunos días de semana arrancados de sus pegas, sorprendieron a nuestros dos amigos enderezando latas, repintando raspones, armando asientos retapizando cojines, cambiando plexis amarillentos, revisando neumáticos, inflando ruedas, remozando el tablero de instrumentos. Este último era una obra de arte y una maravilla en su confección. Estaba hecho en pino Oregón, barnizado en color natural, lucía unos instrumentos grandes, con esferas esmaltadas en color blanco, números góticos negros y agujas laboreadas a mano. Contaba además con un indicador de combustible tipo automóvil en reemplazo del tradicional flotador de corcho con un alambrito que se asomaba por la tapa del estanque de bencina.                                              
Ya los mecánicos de la FEDACH habían simpatizado con ellos y les sugerían donde conseguir, a bajo costo, algunos elementos faltantes.         

 

Todo fue bien hasta que un día Don Heriberto Encina, mecánico de la Federación Aérea y hoy a cargo del C. A. "Merino Benítez", no aguantó más y les dijo:
 "A ver cabritos, no se vayan a meter en un forro por hacer las cosas a la pinta de ustedes, así es que de ahora en adelante yo les voy a decir lo que tienen que hacer, cómo lo tienen que hacer y yo les voy a revisar los trabajos que no son de taller, porque las pegas de mecánico las voy a hacer yo ¿Tá claro?" "Tá claro Don Heriberto", contestaron los aprendices de mecánico.


Al proceso de limpieza siguió la desenteladura del ala derecha que afortunadamente solo había sufrido la fractura de unas cuadernas falsas. En un abrir y cerrar de ojos y al término de la jornada de un día viernes, el estructurísta de la Maestranza la reparó al costo de dos "sanguches" de pernil, una manzana, un helado y una Coca-Cola con un pichintun de "picardía". 
 
Luego vino la obtención de los "sándos" que son una especie de cuerdas constituidas por miles de elásticos que forman un haz forrado en tela, los que enrollado en los soportes de las ruedas pasan a ser los amortiguadores del tren de aterrizaje. Esto fue más difícil ya que no todos los aviones contaban con ese sistema de amortiguación.


Cuando la desesperación empezaba a apoderarse de los "maestros" una mañana, misteriosamente, los pilotos encontraron que los "sandos" rotos habían desaparecido, siendo reemplazados por otros que, sin ser nuevos, tenían una Tarjeta que los certificaba como "Utilizables". Por mucho que preguntaron, nunca supieron quien fue el donante. Hoy día creemos que el anónimo benefactor aun se sonríe desde un cielo alemán.


Llegaron así al ítem más difícil: la hélice. No era cuestión de pegarle unos pedacitos de madera a las palas rotas y pasarles lija, no señor, había que pensar en una hélice nueva o una viejita servible...., por supuesto se referían a una hélice.....!!...y no a una viejita.


Conversando con Leonel Cortínez, otro piloto del Universitario y sobrino de Don Armando, aquel Aviador que allá por los años 20 tomó pasaje de ida y vuelta a Mendoza en un Bristol de la FACH, manifestó haber sabido de un viejito artesano que tenía un taller en la Gran Avenida, cerca de la Base Aérea "El Bosque" y que era el único que todavía fabricaba hélices de madera. Leonel en persona tomó contacto con dicho artesano y como era medio loquillo, herencia de su tío, no encontró nada más práctico que instalarse en el local del viejito para aprender como se hacían las hélices a mano. Por supuesto que Carloncho y el Conejo también solicitaron un rinconcito en el taller para ver este prodigio de artesanía.


Aprendieron allí que el proceso empezaba con la selección de maderas nobles, muy secas, sin nudos, cortadas en tablas de una pulgada de espesor y de un largo superior al diámetro de la hélice. Estas eran pegadas una sobre la otra con una emulsión especial cuya fórmula fue un secreto que el artesano se llevó a la tumba. Luego este paquete de tablas se sometía a un proceso de prensado en un horno a temperatura constante por espacio de 72 horas al cabo de las cuales se comprobaba si las tablas mantenían su forma, rectitud y su perfecta unión.


Venía a continuación el laboreo mismo de la hélice, a mano y con azuela, una especie de hachita pequeña, utilizando unas plantillas que se iban aplicando cada una pulgada para ir dándole forma a cada pala en ángulos que iban variando progresivamente desde el núcleo hasta las puntas. ¡¡..Un "azuelazo" mal dado..!! y al diablo la zapatería, o sea la hélice ya que la madera que se desbasta mal, no podía ser repuesta.                                
 
Poco a poco y a golpe de azuela, el artesano empezó a sacar la hélice que estaba escondida en el atado de tablas y la culminación vino cuando este recubrió los bordes de ataque de las palas con una lámina de bronce remachado y pulido.
En aquellos años, la Maestranza FEDACH era la entidad que daba el Visto Bueno a este tipo de trabajos de modo que la hélice fue a parar a las manos de Don Carlos Warsch. Él, conociendo al artesano que la había confeccionado, de una mirada la catalogó de "Aprobada" ante la felicidad de Carlos y el Conejo.


Se aproximaba el mes de Noviembre y la fecha para la cual los compadres se  habían juramentado tener el "Burrito" en vuelo. Faltaba nada menos que la Certificación para lo cual era necesario concurrir al "Templo" que la Dirección de Tránsito Aéreo tenía en Los Leones con Eleodoro Yáñez. Por favor, no se vaya a entender mal; no significaba que en Eleodoro Yáñez estuviesen "Los Leones" de la Dirección, pero así lo sentían los plebeyos que, en aquellos años, debían concurrir a dicho "Templo". Afortunadamente todo ha cambiado y hoy día ya no es así; todo lo contrario, ahora da gusto ir a la D.G.A.C. en Miguel Claro donde todo es puras sonrisas de lolas buenas mozas y de lolos gentiles.  

 
Pero como a nadie le falta Dios, mientras se cumplía el trámite de la aprobación de la hélice, acertó a pasar por allí el Ingeniero Aeronáutico Don José "Pepe" Talma, condiscípulo del Conejo en sus años de Escuela de Aviación. Grato fue el reencuentro y más grato aun su ofrecimiento de hacerse cargo de esta parte que para los legos era una mezcla de japonés con Suahili escrito en caracteres rúnicos.    


El avión se veía muy monono, parado en su tren de aterrizaje, pintado con el color original de burrito con una flamante hélice instalada, el motor revisado, batería nueva y lista para la puesta en marcha. Los pilotos ya lo tenían gastado de tanto hacerle pre-vuelos en seco.


A los quince días Pepe Talma, el Ingeniero, apareció con los pergaminos que acreditaban que el "Burrito" podía hacerse al aire Era nada menos que un 12 de Diciembre de, como se decía al comienzo, hace hartos años.
Venía ahora la definición del Piloto que haría el vuelo de prueba. El Conejo muy cortésmente le ofrecía el honor a Carloncho y este más educado aún se lo retribuía al Conejo y así estaban que: "Mejor vuélalo tú que tienes más experiencia", que: " No, mejor hazlo tú que has hecho la mayor parte del trabajo", que: "Si no hubiese sido por ti no estaría el avión en vuelo", que: "Yo llevo menos tiempo que tú en este Club"; lo cierto es que a ambos les temblequeaban las cañuelas ya que el hecho de sacar al aire un avión que hacía más dos años que no volaba, ponía un dejo de aventura en la operación.
 
                                                     
Finalmente Don Heriberto zanjó el impase y les dijo: "Par de mariquitas, tán como los cabros chicos, que tú, que no, que mejor tú, que yo no; déjense de payasás y encarámense los dos arriba del avión, pa' eso se han sacado la mugre durante cinco meses y ahora están con la retacá del burro."


Estas palabras hicieron el efecto de como si les hubiesen metido un ají en el.....ojo... a ambos pilotos y sin decir más se instalaron en el avión.


Al grito de..... ¡¡ LIBRE!!...siguió el potente rugido del motor con la típica humareda azul que invadió la cabina. El olor a aceite quemado mezclado con bencina fue como incienso para Carlos y el Conejo. Rodando hacia el umbral 19 ambos se miraban como para asegurarse que no iban solos y que los dos estaban embarcados en el mismo forro.


Una vez en el umbral repitieron las pruebas de motor como cinco veces y lo mismo hicieron con los controles de vuelo. Cualquier ruidito raro era motivo de una nueva prueba y así hasta que la cola de aviones que se empezó a formar detrás de ellos, sumado a las impacientes aclaradas de motor que hacían los que ya estaban listos, los obligó a colocarse en posición para solicitar la luz que los autorizase a despegar. El Burrito no tenía radio.


Llegó la "Verde Fija", se alinearon con el eje de la 19, frenos a fondo, full potencia, la última mirada al tacómetro y a la presión de aceite, frenos libres e iniciaron la carrera de despegue. Unos coletéos locos a lado y lado, 2450 RPM, 65 millas, colita levantada, un tercio de pista recorrida y ya no había tiempo para arrepentimientos.  
El Burrito se hizo al aire majestuosamente, como un caballero, sustentado por sus firmes y generosas alas, ganando altura, alejándose del suelo donde durante dos años había sido ignominiosamente ultrajado sirviendo de gallinero. El motor ronroneaba como gato regalón. El tacómetro sonreía mostrando las 2300 RPM del ascenso. El matrimonio formados por las agujas de la presión de aceite y la temperatura, unían sus extremos como las cabecitas de una pareja de amantes pololos. El Burrito volvía a sentirse acariciado por los elementos que le eran familiares, el viento, las suaves turbulencias, las corrientes de aire.
Pasada la primero impresión, los pilotos también dieron rienda suelta a su alegría. Gritos, expresiones no reproducibles, alabéos y "patitos", eran la forma de demostrar lo que significaba haberle devuelto la dignidad a un avión y el hecho de haber pasado el susto inicial.


Una vez en la "Herradura", hoy Delta 11, se pusieron serios nuevamente y llegó el momento de ver si el Burrito se acordaba de hacer "Eses" sobre caminos, escarpados, chandelas, ochos flojos.


Una a una se fueron desarrollando las maniobras al mismo tiempo que los pilotos sentían que el corazón se les llenaba de orgullo y satisfacción. No había dudas, el Burrito había nacido para volar, recordaba perfectamente bien todas las maniobras y disfrutaba ejecutándolas en forma armoniosa y suave.
 
 
Llegó el momento del retorno al Aeródromo. Un último ocho flojo un poquitín acrobático para satisfacer la bestia y ya se encontraban iniciando el circuito de tránsito para aterrizar.


Una grata sorpresa les tenía preparada el Burrito a sus pilotos. En final, se dieron cuenta que la razón de descenso se asemejaba a la de un planeador. Con sus 70 millas, motor a ralenti, se mantenía en el aire como rehusándose a aterrizar. Carecía de flaps,  así es que cuando estuvieron en final corto, pensaron en dos alternativas: 1.- Obtener una orden judicial para ordenarle que descendiese hasta el suelo ó 2.- Deslizarlo para que perdiese altura, pues de lo contrario se iban a comer toda la pista. Optaron por esta última estratagema.


El Burrito demostró que, siendo un avión de tren convencional, tenía alma de triciclo pues se posó en la pista en ruedas con la cola muy levantada y así la mantuvo hasta que, por falta de sustentación, la bajó continuando su rodaje hasta el hangar FEDACH.


Don Carlos Warsch, Pepe Talma, Don Heriberto, Don Goyo, dueño de las gallinas, el estructurista y algunos pilotos del Universitario se encontraban esperándolo. Cada uno a su manera, todos manifestaron su alegría por el éxito de la misión. El Universitario había recuperado un avión.


Muchos fueron los pilotos que se formaron o se reentrenaron en el noble Burrito. Él, como buen burrito, pacientemente soportaba los malos tratos hasta que un día, un caballero venido de Tocopilla lo vio y dijo. "Este es el avión que yo he buscado toda mi vida; pónganle el precio que quieran pero yo me lo llevo".  

  
El Universitario ya estaba pasando a la era de los aviones triciclo; había que modernizarse, ya se habían ido los Aeroncas. Había que ser pragmáticos y las razones del corazón o el sentimentalismo no corrían. La venta del Burrito serviría para financiar la compra de un avión Cessna 150, posteriormente traído directamente desde Kansas City, el que luego de 62 horas de vuelo aterrizó en Tobalaba, sumamente hediondo a nuevo.


Una mañana de Febrero, Carloncho y el Conejo, se fueron a despedir del Burrito. Estuvieron sentados en su interior recordando las peripecias de su recuperación y especialmente a las personas que colaboraron en ello, algunas de las cuales ya partieron al azul eterno como Don Carlos Warsch, Pepe Talma y el artesano que fabricó la hélice. A continuación le hicieron un nostálgico y último pre-vuelo y luego de darle unas palmaditas en las capotas del motor, lo vieron partir rumbo al Norte, a su nuevo destino.

Epílogo


Años después alguien pasó por Tocopilla y trajo la noticia que el Burrito aun continuaba volando. Agregó además que las posibilidades de convertirse en gallinero nuevamente eran muy remotas ya que ahora tenía asientos de cuero, nueva pintura de moderno diseño, neumáticos tipo balón, radio y ADF.


El Burrito había cambiado de pelaje pero sabemos que en lo más íntimo de su alma de avión, porque los aviones también tienen alma, conserva el recuerdo de un Carloncho y un Conejo que lo devolvieron a la vida.
 
 
Oscar Avendaño Godoy

Ex- piloto CUA
Mayo 2002


 


 

 


 
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